martes, 12 de abril de 2011

lunes, 1 de noviembre de 2010

Solo el más Grande...



Puede hacer esto.-

lunes, 13 de septiembre de 2010

Hasta siempre OREJA !!!



"Acaso a nadie se le ha podido aplicar con más justicia la expresión clásica de que se le hizo de noche en mitad del día, porque su vida así tronchada reproduce exactamente el espectáculo de esos árboles enhiestos, vigorosos, gallardos, que parecen destinados a crecer todavía mucho tiempo hacia el sol, y a los cuales, sin embargo, abate de pronto la tormenta con un golpe de su hacha flamígera, forjada en el seno de las nubes sombrías". Estas bellísimas palabras fueron pronunciadas por don Emilio Frugoni cuando se produjo la trágica muerte en duelo del Dr. Washington Beltrán.
Y se me ocurre que son aplicables en toda su elocuencia a la desaparición del joven futbolista del Club Nacional de Football Diego Rodríguez, a quien la tormenta "o la Moira de los antiguos griegos, o alguna deidad envidiosa de la juventud en flor" se llevó abruptamente a finales de la semana pasada. Pocas veces la irracionalidad de la vida ha revestido un ropaje tan elocuente. Diego no es el primero, y seguramente no será el último, deportista que muere en un accidente de tráfico. Pero en otros casos puede hallarse un recoveco racional a la catástrofe: alguna copa de más, la embriaguez de la velocidad que suele ser común a todos los jóvenes, las penumbras traicioneras de la nocturnidad. Aquí no cabe ninguna de esas explicaciones; salió de su casa de mañana, con idea de hacer algunos ejercicios especiales que le habían recomendado, plenamente lúcido y dueño de todas sus facultades. La catástrofe le sorprendió en un cruce que seguramente había hecho infinidad de veces, sin que mediara de su parte imprudencia alguna.
Ese debe ser uno de los motivos por los cuales su abrupta desaparición, ocurrida a los 22 años, precisamente cuando la adolescencia ha quedado atrás y la vida se abre como un sendero ubérrimo y sembrado de flores, ha provocado tan honda congoja en toda la sociedad. El aplauso que le brindó, por ejemplo, la hinchada de Penarol al principio del partido contra el Barcelona por la Copa Sudamericana constituyó un hecho poderosamente emotivo, una bienvenida excepción dentro de una guerra de parcialidades que a veces no parece detenerse ni aun ante lo más sagrado.
Es que habría que tener un corazón de piedra para no llorar "con los ojos del alma, que son los que no fingen ni engañan" las altas ilusiones que se estrellaron con el vehículo en el que viajaba Diego; los años de felicidad y plenitud que nunca llegarán, los hijos que nunca verán la luz, los sueños que se han apagado con el último suspiro de su pecho destrozado. La Muerte se ha llevado todo ese hermoso bagaje, dejando, en el sitial que ocupaba, un desolado y silente vacío. Pero, como compensación, le dejó también el regalo de la juventud eterna, el milagro de haber evitado la decrepitud y la decadencia, la sonrisa indeleble en el rostro que guardarán para siempre quienes lo amaron, quienes lo conocieron y todos los que, por sobre la pátina gris del tiempo que pasará, evoquen alguna vez su figura y su memoria.
Triste consuelo, sin duda; pero es la única idea que puede convencernos de que la vida, ese misterio que a veces parece un don sobrenatural y otras la maldición de algún espíritu maligno, vale la pena de ser transitada. La razón señala que el lapso vital es un ciclo que pasa por la niñez, la juventud, la plenitud, la decadencia y la muerte, contracara inevitable, sentido último del pasaje por este mundo. Cuando ese ciclo se corta de manera tan prematura y absurda, el espíritu se rebela y levanta hacia los cielos su puño crispado; es una injusticia, una violenta ruptura de la armonía esencial, un mentís a todas las esperanzas y, por último, una espeluznante advertencia.
Y sin embargo, aun los que no creen en una supervivencia más allá de la tumba, deben aceptar que junto al montón de alegrías que nunca cuajarán, la Muerte se ha llevado también quién sabe qué insospechables dolores, qué sobrehumana carga de frustraciones y desdichas, qué horrísonas pesadillas, de esas que cada día debemos enfrentar los que, solo aparentemente, somos más afortunados que él, por conservar el dudoso privilegio de envejecer. Diego Rodríguez, el "Oreja", se ha llevado en su bolsa de deporte no solo los goles que nunca hará, los besos que nunca dará y los amores que ya no alterarán el pulso de sus latidos; ha cargado también con las nubes sombrías que amenazan la felicidad, con las dolientes e innumerables llagas que comporta la existencia. Y deja, como postrer adiós, la límpida, indeleble imagen de la juventud eterna, esa que los seres
humanos vienen buscando desde el fondo de los tiempos. No es, por cierto, un destino despreciable.

Lincoln Maiztegui

Título original: La noche en la mitad del día

jueves, 10 de junio de 2010

Entrevista a Eduardo Galeano

“Messi es el mejor del mundo porque sigue jugando como un chiquilín en su barrio”
Tanto el astro argentino como Diego Maradona, la selección de Uruguay o sus candidatos al título surcaron esta extensa entrevista con el escritor uruguayo, confeso amante del fútbol que, según reconoce, durante la Copa del Mundo se muda “al Planeta Pelota, igual de redondo, pero más chico”.


A partir del sábado que viene y hasta la finalización misma del Mundial Sudáfrica 2010, como viene sucediendo desde hace muchísimo tiempo y cada cuatro años exactos, Eduardo Galeano exhibirá un cartel en la puerta de su casa: “Cerrado por fútbol”. El gesto, más divertido y diplomático que el “no molestar” de los hoteles (y al que podría acompañar con un “estoy trabajando para ustedes”, ya se verá), de todas maneras parece innecesario: “Durante los mundiales directamente me voy del Planeta Tierra. Me mudo al Planeta Pelota, igual de redondo pero más chico. Me dedico a ver todos los partidos, o al menos a intentarlo, porque siempre pasa que alguno me pierdo. Pero lo que quiero decir es que me siento con una cervecita bien fría delante de la TV y me meto en una pelota. Y de ahí no salgo hasta que el Mundial se termina. Así de sencillo”.

Pero el Mundial todavía no empezó. Y el escritor uruguayo, antes de perderse en el laberinto de fixtures y horarios, esas coordenadas particulares del Planeta Pelota cuando la escena ocurre lejos, habló de todo (en el programa De Puntín, de Ediciones Al Arco, AM 970, radio Génesis, sábados de 13 a 14). Habló de Lionel Messi: “Es el mejor del mundo porque sigue jugando como un chiquilín en el barrio”. Habló de Diego Maradona: “Ha sido injustamente atacado, y aunque una cosa es ser jugador y otra técnico, todavía hay que darle tiempo y espacio”. En definitiva, habló de fútbol.


–¿Sigue teniendo con el fútbol la misma relación de siempre?

–Absolutamente. No podría estar alejado del fútbol. Soy fútbol-adicto. Y esto viene de la infancia más remota, porque mi padre me llevaba al estadio cuando yo todavía era un bebé. Y luego, claro, toda mi vida jugué al fútbol.

–¿Jugaba bien?

–No. Mal, muy mal. Era entreala derecho, lo que hoy sería un volante ofensivo, pero siempre fui un chambón, un pata de palo. Así que al final me resigné, acepté mi destino y terminé intentando escribir para ver si podía hacer con la mano lo que con los pies no pude hacer nunca.

–Pero esos intentos fueron apenas eventuales hasta la aparición de El fútbol a sol y sombra.

–Es verdad. Hasta ese libro yo había escrito muy poco de fútbol, pero después me tomé el tema más a pecho. Por fin hice lo que quería: jugar al fútbol con las palabras y a mi manera. A este libro lo voy actualizando luego de cada Mundial, y eso también tiene que ver con aquello de “Cerrado por fútbol”.

–El ejercicio de unir literatura y fútbol, por cierto, parece cada vez más aceptado, o al menos es más practicado.

–Celebro que haya gente que escribe muy bien y que no oculte su pasión futbolera. Cuando tenía 20 años, dirigí en Uruguay un diario independiente de izquierda. Se llamaba Epoca y tenía buena resonancia, con 35 mil ejemplares. Eramos todos muy jóvenes y capaces de esa locura, una experiencia maravillosa en la que nadie cobraba y de la que todos los militantes, unos 5 mil, éramos accionistas. Así que recuerdo muy bien lo que eran las asambleas, con 200 o 300 personas hasta las siete de la mañana, en las que yo tenía que dar la cara y defender las páginas dedicadas al fútbol. Era la pelea más feroz de todas, porque para los militantes de izquierda aquello era dilapidar cinco o seis páginas de un vocero de la clase trabajadora, de un diario antioligárquico, para consagrar al fútbol, el “opio de los pueblos”. Recién ahora la izquierda se está curando de esa enfermedad en la que acusa al fútbol de que la gente no piense. Ahora los intelectuales no tienen vergüenza.

–¿Y qué espera de este Mundial, como hincha y como intelectual?

–Que me ofrezcan una fiesta para los ojos. Ese prodigio de hermosura que el fútbol es. Obviamente que quiero que gane Uruguay, y si no es Uruguay que sean la Argentina o Brasil, los países que siento más próximos. Pero antes que nada soy un fanático del buen fútbol.

–Más allá de los colores...

–Más allá de los colores. De chiquilín era hincha rabioso de Nacional. Iba al talud (la popular), detrás del arco, es decir la tribuna más pobretona y más violenta, porque en aquel tiempo yo también me fajaba como cualquier hijo de vecino. Era bastante peleón. Tenía 11, 12, 13 años. Pero con el paso del tiempo fui descubriendo que lo mío es el fútbol, sobre todo cuando alguien me ofrece esa fiesta, la del fútbol bien jugado. Cuando ocurre ese milagro, lo agradezco sin importarme el equipo o la selección. Y más todavía: incluso en partidos de Nacional, confieso que muchas veces quiero, secretamente, que gane el menos poderoso, el más pequeño. Como me dijo una vez un amigo español: “Estás condenado, porque vas a estar siempre de parte del toro”. Nunca del torero. Por eso me hizo feliz el título de Argentinos Juniors, la posibilidad de que se rompa el monopolio, más allá de que tengo amigos que son hinchas.

–¿Sigue yendo a la cancha?

–Sí, sigo yendo. Es curioso, hasta masoquista diría, porque el fútbol rara vez me devuelve en el estadio algo que se parezca a la expectativa que me lleva. Espero ver un espectáculo bello y muy rara vez ocurre.

–¿Y a qué le atribuye la insistencia?

–Primero, a la diferencia que existe, por ejemplo, entre el cine y el teatro. Una cosa es ver el partido en el estadio, donde se escucha la respiración de los protagonistas, y otra cosa diferente es verlo por televisión. Pero también creo que tiene que ver con algún residuo de mi formación católica.

–¿Cómo es eso?

–Tuve una infancia muy católica. Creía en Dios y creía que Dios creía en mí. Ahora no creo más en el cielo, ni en el dolor, ni en ese elogio del dolor que la Iglesia Católica me metió adentro, pero me debe haber quedado algún efecto residual de aquel aprendizaje: que todo lo que sufras en la Tierra será recompensado en el cielo. ¡Debe ser eso lo que me lleva a la cancha! Pero también me lleva el espectáculo del público, el fervor, esas oleadas de entusiasmo que sentís cuando la gente está a tu lado y no cuando lo ves por televisión o te lo cuentan. ¡Y las ocurrencias de la gente! Recuerdo que había un jugador de Nacional, Escalada, que de 90 veces que pateaba al arco, apenas una era gol. En las restantes le gritaban: “¡Con la herradura no, con la herradura no!”. Eso también es parte de la fiesta del fútbol y es algo que yo, que siempre fui un escuchador, disfruto de manera especial.

–De aquella infancia católica y futbolera, ¿qué cosa recuerda con cariño particular?

–La pared de mi pieza, en la que tenía un crucifijo rodeado de figuritas. Ahí estaban Rinaldo Martino, aquel de San Lorenzo, y tantos otros que jugaron en Nacional. Era toda la pared pegada de figuritas alrededor del crucifijo. Y abajo, como para que no se vieran mucho porque eran “enemigos” de Peñarol, también había pegado a (Juan) Schiaffino o a (Julio) Abbadie. ¡Me gustó tanto verlos jugar! Abbadie era capaz de hacer que la pelota fuera rodando por la línea lateral y con puros amagues, sin tocarla, iba eludiendo a sus rivales. Me gustaría escribir como Abbadie jugaba. Me gusta ese fútbol, el de las orillas, el del wing, que en inglés significa ala. Abbadie era un hombre con alas.

–Como Garrincha.

–Exacto. Tuve la suerte de verlo jugar dos veces en Río. Era como ver a Chaplin en la cancha. Garrincha disfrutaba tanto que terminaba una jugada y se sentaba arriba de la pelota, después de dejar a todos sus rivales en el camino, provocando, como diciendo “a ver si me la sacan”. Después algunos lo querían degollar porque a veces ni siquiera hacía el gol.

–¿Messi tiene ese perfil de jugador “orillero”?

–Yo creo que Messi es el mejor del mundo porque no perdió la alegría de jugar por el hecho simple de jugar. En ese sentido no se profesionalizó. Están los que escriben por placer y están los que escriben por cumplir con el contrato o ganar dinero. Messi juega como un chiquilín en su barrio, no por la plata. Cómo se mete, cómo engaña, esa picardía que es tan linda de ver en los potreros. Cuando el fútbol profesional me desengaña demasiado, me voy por la rambla de Montevideo a ver a los chiquilines jugando en los campitos.

–¿Y a Diego? ¿Cómo lo ve en su función de director técnico?

–Creo que ha sido injustamente atacado. Una cosa es ser jugador y otra director técnico, pero hay que darle tiempo y espacio, ver qué pasa. Lo que ocurre es que Maradona tiene que cargar con una cruz muy pesada en la espalda: llamarse Maradona. Es muy difícil ser Dios en este mundo, y más difícil comprobar que a los dioses no se les permite jubilarse, que deben seguir siendo dioses a toda costa. Y el de Maradona es un caso único, el deportista más famoso del mundo, a pesar de que hace años que ya no juega, esa necesidad de protagonismo derivada de la popularidad mundial que tiene.

–En su último libro, Espejos, habla de Diego como un “dios sucio”.

–Pero no en un sentido insultante. Quiero decir que es el más humano de los dioses, porque es como cualquiera de nosotros. Arrogante, mujeriego, débil... ¡Todos somos así! Estamos hechos de barro humano, así que la gente se reconoce en él por eso mismo. No es un dios que desde lo alto del cielo nos muestra su pureza y nos castiga. Entonces, lo menos que se parece a un dios virtuoso es la divinidad pagana que es Maradona. Eso explica su prestigio. Nos reconocemos en él por sus virtudes, pero también por sus defectos.

–¿Usted lo considera capaz de llevar a la Argentina hasta la Copa del Mundo en Sudáfrica?

–La Argentina es uno de los favoritos a ganar la Copa por la riqueza de su plantel, con esto no estoy descubriendo la pólvora. Pero hablar de Maradona en esos términos me parece una desproporción, porque hoy se les da a los técnicos una importancia que para mí no tienen y que termina perjudicándolos: de hecho se los hace casi únicos responsables de una derrota. Es otra de las deformaciones del fútbol: se le da al técnico un aura científica, como si fueran colegas de Einstein. Antes ni se sabía quiénes eran los entrenadores. El mejor que conocí fue un señor que se llamaba Cóppola, que dirigía al equipo de un pueblito muy chiquito de Uruguay, Nico Pérez. Era peluquero, un día se sacó la grande y puso un cartelito en su local: “Cerrado por exceso de capital”. La cosa es que toda la táctica y toda la estrategia de Cóppola se reducía a lo siguiente: acompañaba a sus jugadores a la cancha, los palmeaba en la espalda a medida que iban saliendo y les decía, sencillo: “Muchachos, ¡buena suerte!”.

–Por afuera de lo estrictamente deportivo, ¿podría perjudicar el camino de la Argentina en el Mundial esta presencia tan mediatizada de algunos barras en Sudáfrica?

–Sería una pena, teniendo la Argentina tanta calidad de jugadores, que se embarrara la cancha por un tema así. En principio, el hecho de que viajaran junto con el plantel me generó preocupación. Pero espero que no ocurra ningún desastre, que no empañen lo que creo será un alto lucimiento, que no haya episodios de violencia por estos fanáticos que no aman al fútbol del mismo modo que los borrachos no aman el vino. Entre muchas otras cosas, Da Vinci escribió un libro en el que recogió fábulas de la región toscana de Italia, y ahí hablaba de eso: de la ofensa de una botella de vino por la mala manera en que la tomaba el borracho. Siempre pensé que era una fábula muy justa y es la misma relación entre el fútbol y los fanáticos de la violencia, ese desahogo que hacen de lo peor que el alma humana tiene.

–¿Y a Uruguay? ¿Cómo lo ve?

–Creo que mejoró mucho con relación a tiempos no tan pasados. Lo que ocurre es que Uruguay sigue siendo un país exportador de “pie de obra”. Vendemos mano de obra y, en el caso de los futbolistas, pie de obra. Hay más de doscientos jugadores uruguayos en el exterior. Tener esa cantidad afuera, en un país cuya población entraría en Avellaneda, habla de que estamos muy desangrados. Al período de esplendor de nuestros futbolistas lo vemos por la TV. De todas maneras, en función de esa calidad de jugadores, porque por algo son convocados de las ligas más importantes del mundo, yo tengo la ilusión de que Uruguay juegue lindo, juegue bien. Aunque ya no somos los que éramos.

–¿En qué sentido?

–Hay una parte de la historia que parece inexplicable: cómo un país despoblado y pequeñísimo pudo ganar la medalla de oro en fútbol de los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928, el Mundial de Uruguay de 1930 y pudo vencer en el Maracaná, en el Mundial de Brasil de 1950, contra todo pronóstico. Pero eso tiene explicación: el papel fecundo que tuvo el Estado uruguayo en los albores del siglo XX. Uruguay estuvo en la vanguardia del mundo en educación libre, laica, gratuita y obligatoria, con un papel creativo, y allí estuvo integrada la educación física. Sembró campos de deportes en todo el país. Por no hablar de muchas otras cosas: las ocho horas laborales antes que en los Estados Unidos, el voto femenino antes que en Francia, la ley de divorcio 60 años antes que en España... cosas así. Eso explica cómo un país minúsculo pudo llegar tan alto. Pero el Estado perdió esa energía de cambio, se fue desinflando, y esa falta de continuidad en la vocación creadora del poder público se reflejó en el fútbol. Por eso digo que ya no somos los que éramos.

–El futbolista tampoco es lo que era.

–Eso es verdad. La gente deposita en ellos una carga enorme. Esto engorda el ego de quienes reciben el elogio multitudinario, pero a la vez representa una carga muy pesada. Hay una cosa muy perversa ahí.

–¿Cuál es, puntualmente?

–Fabricar ídolos para después voltearlos. Es un cuchillo de doble filo, en definitiva. La gente se reconoce en la alegría de un jugador, cuando gana o juega bien. Pero también los hace responsables de la desdicha colectiva cuando pierde. Porque allí el alma de mucha gente se de-sinfla.

Por Julio Boccalatte y Marcos González Cezer de pagina12.com.ar

viernes, 14 de mayo de 2010

111 años de Gloria


1899 - 14 de mayo - 2010


Decano del fútbol Uruguayo


Desde el Diario muy feliz cumple a todos los Bolsos, los que están en Uruguay y los que hay repartidos en todo el mundo...

Brindamos hoy por las copas, las que hay y las que vendrán, por las familias, por los que se cambiaron de tribuna como Don Dante , Cococho o Mario Benedetti , por mantener los valores y no perderlos, por la fidelidad, esa que tanto daño causa a extraños, por ser diferentes, por todos nosotros, con el orgullo de ser Bolso levantamos una nueva copa.

Salud Bolsilludos!!!





jueves, 13 de mayo de 2010

Primera en el Bolsillo



La Gallina no cambia mas, siempre de atras o 5 contra 1, 0 13 contra 1, o 15 contra padre hijo y mujer, no cambias mas CUADRO CAGÓN.

Por eso son la Gallina del Uruguay

viernes, 7 de mayo de 2010

Copa libertadores

Final no soñado

Nacional 0 - Cruzeiro 3




Luego de ser eliminados por el equipo brasileño ante un Parque Central repleto, no hay otra opción. Pensar en la final contra Peñarol. Y lo sabíamos: era difícil debido al papel que el equipo hizo en Belo Horizonte, pero la hinchada igual moría de ansiedad por darlo vuelta en casa, como marca la historia, y la esperanza.

120 minutos antes al encuentro, la avenida más larga de Montevideo, General Rivera, exhibía a miles de hinchas, y aunque la noche comenzaba a hacerse fresca, nada impedía los cánticos de los muchachos con la remera del bolso y el buzo entre los brazos mientras caminaban.

Algunos, principalmente adultos, optaban por ir haciendo la previa con la radio, y no temieron tampoco subir el volumen ante un ómnibus urbano lleno de tricolores rumbo a 8 de octubre. La mesa estaba servida.

En el Gran Parque Central, la euforia no puede ser más grande. El ingreso de Nacional es algo memorable, luces, fuegos, papeles, y un solo grito a los cuatro vientos: “tricolor, tricolor, tricolor”.

Pero hay ocasiones dónde lo deportivo supera a los deseos de un pueblo. El Cruzeiro convierte el primer gol, y el primer tiempo se lleva no sólo al visitante con un pie dentro de los cuartos de final, sino también se lleva toda nuestra desazón.

El segundo tiempo fue para el olvido. El segundo gol llegó como un rayo. Y con el las expulsiones y el tercer gol que desató un fenómeno más que interesante; hacer explotar definitivamente a la masa tricolor.

Cada noche que Nacional pisa su cancha, ya sea para salir victorioso, o para verse vapuleado como ayer, queda claro una cosa: Nacional, es mucho más que fútbol.



Y la gente hace su catarsis, y se une realizando mucho más que eso… fútbol. El deporte de cantar en multitud. Muchos gritan “ole, ole” ironizando ante el dolor, otros, callan. Pero todos acuerdan en algo; Un repertorio de canciones hace temblar el cemento de nuestra cancha para dejar bien en claro que a Peñarol hay que ganarle.


Y ese mensaje llegó al vestuario. "Ya está hermano, ya está, ahora a pensar en las finales, a descansar con la familia, y a responderle a la gente, a ellos les tenemos que responder", primeras reflexiones de un allegado en el silencioso vestuario tricolor. Regueiro, en conferencia de prensa, reiteró que sentía enorme desazón por no haber respondido a la gente, que copó el Parque, alentó, asumió la derrota, y se fue en paz. Saber ganar es de cuadro grande, pero saber perder con hidalguía es de gigante,


Y la referencia al espectáculo que brindó la gente fue -y será- largamente comentado. Los que lo vieron por T.V refieren a los comentaristas de Fox Sports, que no daban crédito al aguante de la gente, ante un partido totalmente partido.

Ya pasada la medianoche, el árbitro del partido, el argentino Federico Beligoy, fue abordado por una señora en la salida de la tribuna José Maria Delgado. En la calle Carlos Anaya no había más de diez personas. No quedaba nadie. La señora, burlando la custodia policial, se le acercó y le dijo: "Argentino, lo noté un juez poco localista, no nos cobró ni un foul dudoso, ningúna falta al borde del área". Lejos de no contestarle, Beligoy se le acercó, le puso una mano en el hombro, la otra en su corazón, y le susurró "Mire, desde que soy árbitro profesional nunca viví algo semejante a lo que sentí en la cancha esta noche en los últimos veinte minutos. Fue inigualable, el apoyo de esa gente a su equipo me lo llevó en el corazón".

www.nacional.com.uy


Acabo de volver del Parque... y siempre en este tipo de situaciones es en las que mas quiero escribir y tratar de expresar lo que siento por Nacional.

Perdimos, fueron mas, no hay excusa, también es cierto que no me gusto mucho perder de esta manera... pero saben que? Cada día, cada segundo, cada partido agradezco mas y mas el ser hincha de Nacional... gracias viejo, gracias vieja!!!.
No puedo estar mas orgulloso de mi, de vos, de aquel. Porque estoy en cierta medida orgulloso de todos (o casi todos)... Porque vale el que aplaude y alienta (que por suerte fueron la mayoría) pero vale también el que putea, porque tiene bronca, porque tiene sed... sed de victoria.

Pero no se pudo, pero se podrá, porque la historia manda, siempre fue así y siempre lo sera y si hay alguien que tiene historia, ese es Nacional. No me pongo en el papel de somos los mejores de la historia (que lo somos) pero mira que hemos vivido cosas, que hay historias, hazañas, hechos... no se son tantos que no entran en este mail.

Inventamos la palabra hincha, el termino "morir por esta camiseta", el tranque con la cabeza... y estas son solamente algunas de las cosas que me vienen a la mente a la 01:30 de la mañana.

Soy feliz, de tener a estos jugadores, a estos directivos, a este técnico. Hoy lo insultaron, ayer lo aplaudieron, mañana lo olvidaran...Saben porque... porque hasta el ídolo mas grande es olvidado en algún momento, lo que no se olvida es la pasión, el sentimiento, la lágrima de bronca o la piel erizada de emoción...



Hoy mire a la gente, sus reacciones, casi todas valederas, pero sabes que... somos diferentes, sin duda que lo somos.
Espero que cada día que pase, la gente de Nacional este mas y mas unida, porque a Nacional lo hace grande su gente!!!! y además de ser un excelente eslogan, es una gran verdad!!. Quien hace grande a Nacional sino nosotros?? sin nosotros Nacional no es nada, nosotros somos Nacional y Nacional es nosotros. Sigamos todos juntos remando por esto, apoyándonos, puteando también, pero respetando a Nacional que somos nosotros y de esa manera nos estaríamos respetando a nosotros también.

Ahora se vienen las finales, sigamos haciendo la diferencia, sigamos siendo diferentes, demostremos lo que somos.

Mas que nunca SALUD TRICOLORES.




Y estoy mas que nunca comprometido con la causa A NACIONAL LO HACE GRANDE SU GENTE.

P.D.Hoy mi viejo me dio la alegría de hacerse socio de Nacional, ese que me hizo hincha del mas grande, dejo su orgullo de lado y se unió a la causa.. hasta una lágrima se me cayó...
Juntos, unidos... SIEMPRE

Martin Ciappesoni

lunes, 3 de mayo de 2010

ESTE MIERCOLES



LATE URUGUAY

TIEMBLA BELO HORIZONTE

Final de Clausura 2010

Nacional 3 - Cerrito 1




Se acabó el clausura, luego del empate 1-1 con Fenix y la derrota en 3-1 con Cruzeiro en Belo Horizonte Nacional le gano 3-1 a Cerrito y ya pensamos en la revancha del miercoles con los brasileros.
De alquilar balcones.

viernes, 23 de abril de 2010

Grande entre lo grandes,



Cococho cambió de tribuna, no de sentimiento...