lunes, 13 de septiembre de 2010

Hasta siempre OREJA !!!



"Acaso a nadie se le ha podido aplicar con más justicia la expresión clásica de que se le hizo de noche en mitad del día, porque su vida así tronchada reproduce exactamente el espectáculo de esos árboles enhiestos, vigorosos, gallardos, que parecen destinados a crecer todavía mucho tiempo hacia el sol, y a los cuales, sin embargo, abate de pronto la tormenta con un golpe de su hacha flamígera, forjada en el seno de las nubes sombrías". Estas bellísimas palabras fueron pronunciadas por don Emilio Frugoni cuando se produjo la trágica muerte en duelo del Dr. Washington Beltrán.
Y se me ocurre que son aplicables en toda su elocuencia a la desaparición del joven futbolista del Club Nacional de Football Diego Rodríguez, a quien la tormenta "o la Moira de los antiguos griegos, o alguna deidad envidiosa de la juventud en flor" se llevó abruptamente a finales de la semana pasada. Pocas veces la irracionalidad de la vida ha revestido un ropaje tan elocuente. Diego no es el primero, y seguramente no será el último, deportista que muere en un accidente de tráfico. Pero en otros casos puede hallarse un recoveco racional a la catástrofe: alguna copa de más, la embriaguez de la velocidad que suele ser común a todos los jóvenes, las penumbras traicioneras de la nocturnidad. Aquí no cabe ninguna de esas explicaciones; salió de su casa de mañana, con idea de hacer algunos ejercicios especiales que le habían recomendado, plenamente lúcido y dueño de todas sus facultades. La catástrofe le sorprendió en un cruce que seguramente había hecho infinidad de veces, sin que mediara de su parte imprudencia alguna.
Ese debe ser uno de los motivos por los cuales su abrupta desaparición, ocurrida a los 22 años, precisamente cuando la adolescencia ha quedado atrás y la vida se abre como un sendero ubérrimo y sembrado de flores, ha provocado tan honda congoja en toda la sociedad. El aplauso que le brindó, por ejemplo, la hinchada de Penarol al principio del partido contra el Barcelona por la Copa Sudamericana constituyó un hecho poderosamente emotivo, una bienvenida excepción dentro de una guerra de parcialidades que a veces no parece detenerse ni aun ante lo más sagrado.
Es que habría que tener un corazón de piedra para no llorar "con los ojos del alma, que son los que no fingen ni engañan" las altas ilusiones que se estrellaron con el vehículo en el que viajaba Diego; los años de felicidad y plenitud que nunca llegarán, los hijos que nunca verán la luz, los sueños que se han apagado con el último suspiro de su pecho destrozado. La Muerte se ha llevado todo ese hermoso bagaje, dejando, en el sitial que ocupaba, un desolado y silente vacío. Pero, como compensación, le dejó también el regalo de la juventud eterna, el milagro de haber evitado la decrepitud y la decadencia, la sonrisa indeleble en el rostro que guardarán para siempre quienes lo amaron, quienes lo conocieron y todos los que, por sobre la pátina gris del tiempo que pasará, evoquen alguna vez su figura y su memoria.
Triste consuelo, sin duda; pero es la única idea que puede convencernos de que la vida, ese misterio que a veces parece un don sobrenatural y otras la maldición de algún espíritu maligno, vale la pena de ser transitada. La razón señala que el lapso vital es un ciclo que pasa por la niñez, la juventud, la plenitud, la decadencia y la muerte, contracara inevitable, sentido último del pasaje por este mundo. Cuando ese ciclo se corta de manera tan prematura y absurda, el espíritu se rebela y levanta hacia los cielos su puño crispado; es una injusticia, una violenta ruptura de la armonía esencial, un mentís a todas las esperanzas y, por último, una espeluznante advertencia.
Y sin embargo, aun los que no creen en una supervivencia más allá de la tumba, deben aceptar que junto al montón de alegrías que nunca cuajarán, la Muerte se ha llevado también quién sabe qué insospechables dolores, qué sobrehumana carga de frustraciones y desdichas, qué horrísonas pesadillas, de esas que cada día debemos enfrentar los que, solo aparentemente, somos más afortunados que él, por conservar el dudoso privilegio de envejecer. Diego Rodríguez, el "Oreja", se ha llevado en su bolsa de deporte no solo los goles que nunca hará, los besos que nunca dará y los amores que ya no alterarán el pulso de sus latidos; ha cargado también con las nubes sombrías que amenazan la felicidad, con las dolientes e innumerables llagas que comporta la existencia. Y deja, como postrer adiós, la límpida, indeleble imagen de la juventud eterna, esa que los seres
humanos vienen buscando desde el fondo de los tiempos. No es, por cierto, un destino despreciable.

Lincoln Maiztegui

Título original: La noche en la mitad del día

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